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Huir de Dios

Ser uno de ellos:

El episodio, siempre algo deprimente, de los seguidores que abandonan a su líder no es infrecuente en la historia, ni tampoco en la experiencia común. Cuando empieza a declinar la estrella que atraía, cuando se ha visto una derrota en toda la línea, el entusiasmo y la generosidad que brotaron en su día dejan paso a un reflejo de protección de los propios intereses, a la vista de que el jefe, antes boyante y sembrador de esperanzas, se transforma en un perdedor. Todo el mundo escapa del barco que se hunde: con susto, con sentimientos de frustración que caminan hacia la fría indiferencia, y hasta con un ánimo de revancha para entrar a hacer leña del árbol caído. Hay tantos liderazgos de suyo deleznables, veloces en mostrar los límites de su virtualidad, que ciertamente el cambio de camiseta resulta con frecuencia una operación razonable y tal vez necesaria. Por eso, ciertas fidelidades, tan inconmovibles como infundadas,  adquieren el perfil del fanatismo que cierra los ojos a la realidad.

Sin embargo, por mucho que gane terreno una cultura que llaman líquida, donde los ideales han perdido consistencia y navegan sin anclas, estamos hechos de tal manera que anhelamos construir lealtades inquebrantables. No todo puede quedar en la superficialidad que caracteriza el seguimiento del club de fútbol preferido o la solidaridad con un pariente lejano. La huella del Creador ha puesto en el espíritu humano, como consecuencia de la sed de Dios, la búsqueda de amores que comprometen en forma total, hasta el punto de dar por ellos la vida. Tantos espíritus nobles, que se han dado aún entre quienes no han conocido a Cristo,  son testigos de que más vale morir que traicionar algunas fidelidades, porque sin ellas sin se perdería la razón de vivir. Como se da también, por desgracia, la subordinación de la propia existencia a un concepto equivocado del patriotismo o de la fe religiosa (kamikatzes, jihadistas).

¡Más vale morir que pecar!

En la fe cristiana, desde luego, hemos aprendido desde niños un axioma de enorme carga y de alcance global: más vale morir que pecar. La primera vez  en que alguien consideró preferible no acompañar a Dios viene recogida en el libro del Génesis con un lenguaje encantador por su sencilla pedagogía. Ahí se reseña que el Señor Dios se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, donde parece que la primera pareja humana le solía acompañar, porque el Señor los echó de menos esa tarde. Sucedía que el hombre y su mujer se ocultaron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del jardín, Gn 3,8 una vez que le habían desobedecido. Así como poco después también Caín se alejó de la presencia del Señor Gn 4,16,

La despavorida carrera de los Apóstoles por el Huerto de los Olivos muestra una razón de pecado en su explicación última. Se apartaron del Señor,  lo dejaron en un abandono total por cuanto a ellos les concernía. Esta deserción de los más cercanos y queridos amigos completó en Jesús el desgarrón afectivo que le causó la traición de Judas. No obstante, en medio de su dolor y su decepción, los había comprendido y perdonado de antemano. Hasta puso su parte para ayudarlos y evitar que también ellos fueran aprehendidos y juzgados. (Si me buscan a mí, dejen marchar a estos Jn 18, 8) .  

La meditación de esta estampa ofrece la oportunidad de ponderar las ocasiones en que no hemos acompañado al Señor y hemos huido de su presencia, sin querer participar de su suerte porque parecía poner en peligro la nuestra. Este es en realidad el patrón de todo pecado, pero aquí aparece con unas connotaciones singulares. Nos podemos adentrar en la circunstancia de esos Apóstoles y dejar que nos ayuden a descubrir afinidades con ellos. No como quien teme un castigo al confesar su falta, sino en la confianza de que el repaso orante de la narración evangélica contribuye al conocimiento propio y abre la posibilidad de llegar, bajo la misericordia el Señor, a una conversión más completa y gozosa.

Algunas actuaciones de los Apóstoles dejan ver que eran hombres de mucho temple. Por algo les llamaban a los hermanos Zebedeos los hijos del trueno. No puede tampoco considerarse asustadizo al que arremetió en solitario contra una turba armada. Hace falta comprender, sin embargo, que, mientras la misión redentora del Señor llegaba a un momento crucial, ellos estaban lejos de poder asumirla. El desencuentro daba la medida de cuanto les faltaba todavía para salvar diferencias abismales.

Relación entre Dios y la humanidad

Hay un pasaje del profeta Isaías que retrata la situación con imágenes muy asequibles para dar una idea del estado de las relaciones entre el Señor Dios y la humanidad. Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni los caminos de ustedes, mis caminos, oráculo del Señor. Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre los caminos de ustedes y mis pensamientos sobre los pensamientos de ustedes  Is 55,8-9. Esto es, el hombre piensa y quiere de una manera; Dios, de otra. Uno es el respiro humano y otro el divino, tan distanciados entre sí como el cielo de la tierra. Dejados a sí mismos, el pensamiento y la decisión de los hombres son retenidos a ras de suelo por una especie de ley de la gravedad, compuesta de errores, debilidades y malicias.

Pero no quiso el cielo abandonar a su suerte a esa tierra que se le había separado por la rebeldía humana. Continúa la profecía de Isaías en el mismo plano alegórico: Como la lluvia y la nieve descienden de los cielos, y no vuelven allá, sino que riegan la tierra, la fecundan, la hacen germinar, y dan simiente al sembrador y pan a quien ha de comer, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío, sino que hará lo que Yo quiero y realizará la misión que le haya confiado Is 55,10-11. El Señor Dios enviará su palabra para infundir en la tierra seca y estéril un dinamismo de vida que mostrará resultados excelentes. La palabra cumple su misión cuando ha suscitado una participación en sus destinatarios y estos devuelven un fruto digno de llegar de regreso al cielo. Reanudar la sintonía entre cielo y tierra será obra de una lluvia enviada desde arriba y capaz de elevar tanto los pensamientos como sus realizaciones prácticas  hasta que se identifiquen con el modo divino.

La promesa del rescate, ya enunciada en la misma puerta del paraíso, que llamamos el protoevangelio Gn 3,15, se fue desgranando desde Noé y Abraham en adelante. Como se lee en la Carta a los Hebreos, en diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas 1,1. Llegado el tiempo oportuno, según desarrolla San Juan en el solemne prólogo de su Evangelio, entra en nuestro mundo la Palabra, Verbo eterno, Unigénito del Padre. La comunicación parcial se hace plena, la palabra se entrega completa y se integra en la familia humana: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros Jn 1,14En estos últimos días, dice la Carta a los Hebreos al señalar la fecha en que empieza una nueva era, nos ha hablado por medio de su Hijo … Él, que es el resplandor de su gloria e impronta de su substancia y que sustenta todas las cosas con su palabra poderosa, (ha venido) para llevar a cabo la purificación de los pecados 1,2-3. 

Comenzó para los hombres el ciclo de una vida nueva, que participa de la vida divina, pasando por una fecundación que llegue a germinar y dar fruto. Dios hecho Hombre transforma el ritmo y la tendencia de los hombres, sana y eleva su modo de vivir. Es algo que desborda el aspecto meramente cuantitativo, de menos a más, pero que sigue inmerso en las dimensiones precedentes de un distanciamiento antitético con el Señor Dios. Habrá una transformación esencial, En vez de la zarza, sigue Isaías, se alzará el ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá el arrayan 55,13. 

El núcleo de este proceso encierra siempre el misterio de los designios de Dios, pero su enorme riqueza viene expresada a nuestro alcance desde variados ángulos. Llega la misión redentora para arrancar y abatir, para destruir y arruinar, para edificar y plantar Jer 1,10. Se hace necesario nacer de nuevo Jn 3,3, morir y resucitar Rm 6,4. Hay ruptura y violencia Mt 11,12 para pasar de hijos de la perdición a hijos de Dios 2 Ts 2-3. Canta la Iglesia que Jesucristo reconcilia lo más bajo con lo más alto (imma summis) . No es difícil percibir que la operación aparece muy exigente en ambos extremos. El abajamiento del Verbo y la promoción de lo humano no brotan al conjuro de un gesto mágico, traen más bien en el libro sagrado trazos de desgarramiento antes de llenarse de la gloria de Dios.

 

AUTOR: Monseñor Antonio Arregui Yarza
Arzobispo emérito de Guayaquil, Ecuador
Arzobispo de Guayaquil-Ecuador (2003-2015)
Obispo de Ibarra-Ecuador (1995-2003)
Obispo Auxiliar de Quito-Ecuador (1990-1995)

Photo by Jonathan Borba on Unsplash

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