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San Josemaría, Camino De Santidad

Camino a la santidad

Reseña:
Han pasado seis años desde la primera vez que escuché hablar de san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. En este artículo comparto algunas de las herramientas que instituyó para alcanzar la santidad en la Tierra y lo que han significado en mi vida.

Oí hablar de san Josemaría Escrivá de Balaguer cuando comencé a asistir a los retiros para mujeres de la Obra. Recordé los retiros a los que asistí mientras estudié en Las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Estos me daban mucha paz, por lo que sentí que regresaba a esa época escolar donde mi alma se nutría.

Me había preparado profesionalmente, había escalado posiciones, pero el crecimiento espiritual se había detenido. De modo que la paz que empecé a experimentar en los retiros era muy grande. Era un alto al mes que necesitaba mi alma para serenarse.

Comenzaría así mi camino de conocimiento de quien, el 2 de octubre de 1928, fundó el Opus Dei a la edad de 26 años. Si un santo había fundado el Opus Dei tenía que ser algo bueno, pensé. Lo señalaban como el santo de lo ordinario.

San Josemaría: el santo de lo ordinario

San Josemaría recibió el 2 de octubre de 1928 una llamada de Dios, quien le hizo ver con claridad lo que hasta ese momento intuía. Él repetía insistentemente: «¡Jesús que vea!». Y lo que Dios le mostró fue un camino para buscar la santidad a través del trabajo profesional y la vida cotidiana.

En el Libro «Memoria del beato san Josemaría Escrivá», actualmente santo, se dice que al recibir ese primer llamado, trató de encontrar en la Iglesia católica algún grupo que tuviera entre sus objetivos la búsqueda de la santidad en el trabajo ordinario. Su propósito era contribuir en alguno de ellos.

No quería ser un fundador. Quería pasar desapercibido, pero al no encontrarlo entendió que tenía que seguir lo que Dios le había pedido: «…ayudar a las personas que viven en el mundo, al hombre corriente, al hombre de la calle, a llevar una vida plenamente cristiana sin modificar su modo normal de vida, ni su trabajo ordinario ni sus ilusiones y afanes».

Al inicio solo incorporó a ese llamado a los hombres, pero el 14 de febrero de 1930, Dios le hizo entender que el Opus Dei también era para las mujeres, ya que no podía haber diferencias en el camino a la santidad en la Tierra.

El camino de san Josemaría

Una de mis mayores inquietudes al comenzar a asistir a los retiros fue la confesión. Me daba mucha pena decirle al sacerdote todas las cargas que llevaba a cuestas. En los retiros siempre se hace un examen con preguntas que cada cual responde internamente. Esto me ayudó a analizarme y, finalmente, un día me confesé. Sentí que me liberaba y de allí en adelante se convirtió en parte de mi vida recibir el sacramento de la reconciliación.

Mis dudas iniciales se referían a que no ayudaba a los demás como sí lo hacían amigas que estaban en organizaciones benéficas. Pensaba que esas acciones eran las que me iban a abrir las puertas del cielo. Pero el fundamento del Opus Dei es que la caridad empieza con las personas con las que se convive. Allí está el camino hacia la santidad. ¿Cómo los tratamos? ¿Los ayudamos? ¿Cómo salimos de nuestro yo, para contribuir a la armonía familiar?

No me creo, decía san Josemaría «que te intereses por el último pobre de la calle, si martirizas a los de tu casa». Él llamaba a esto el «orden de la caridad».

Los sacerdotes siempre hacen referencia a Camino, uno de los libros más populares de san Josemaría. Me decían: Tere, lee la parte que se refiere a Las cosas pequeñas.

Por ejemplo:

«Has errado el camino si desprecias las cosas pequeñas». (816)
«La santidad «grande» está en cumplir los «deberes pequeños» de cada instante». (817)
«Las almas grandes tienen muy en cuenta las cosas pequeñas». (818)

Así me fui percatando de muchos aspectos de mi interacción familiar que tenía que cambiar. La forma como a veces le respondía a mi esposo. O cómo trataba a la muchacha que nos ayudaba en la casa. Cosas que pueden parecer pequeñas pero que son lo más importante que tenemos que cuidar. Y así también en los trabajos, en todas las interacciones diarias.

San Josemaría y las herramientas de santificación

Hace poco comencé a asistir a dirección espiritual con uno de los sacerdotes de la Obra. Tenía muchas interrogantes, pues la vorágine de actividades en que estoy inmersa por mis libros podría alejarme de Dios.

En varias sesiones, el sacerdote me ha hecho analizar que todo trabajo es un camino a la santidad y una oportunidad de hacer apostolado para acercar más personas a Dios. No es que él me diga qué hacer, sino que me hace cuestionar mi actuar.

San Josemaría decía que:

«Sus hijos viven por su cuenta, en su casa, con su familia y allí donde está, cada miembro de la Obra cumple el fin del Opus Dei: procurar ser santo haciendo de su vida un apostolado diario, corriente, menudo pero perseverante y divinamente eficaz».

San Josemaría se preocupó porque sus hijos, como llamaba a todas las personas y sacerdotes de la Obra, contaran con la orientación espiritual en adición a la confesión. Es una formación religiosa que dura toda la vida. En mi caso, mi camino de conversión inició con mayor intensidad en 2019, a raíz de mi diagnóstico de cáncer. Pero recibir ese llamado de Dios no implica solo decir que quiero mantenerme cerca de Él. San Josemaría en Camino 987 señala:

«Fomenta y preserva ese ideal nobilísimo que acaba de nacer en ti. Mira que se abren muchas flores en la primavera, y son pocas las que cuajan en fruto».

No se trata entonces de saberlo y decirlo, sino de practicarlo. Significa un abandono, confianza plena en Dios aceptándolo por completo. Con fortaleza y perseverancia.

Antes me sentía culpable cuando no podía rezar el Rosario una mañana o realizar mis meditaciones o cuando no tengo ayuda en casa. Gracias a la orientación espiritual comencé a poner en práctica lo que es entregar mis días a Dios.

Es así como antes de salir del cuarto hago la señal de la cruz y digo: Dios mío, este día por completo te lo entrego a Ti. Esto me ha ayudado a centrarme. A contener mi impulsividad.  Buscar el momento para responder ante una situación delicada. Y a disfrutar a mi familia. Y ¿por qué? Porque Dios está conmigo.

He comprendido que actuando así estoy haciendo oración. San Josemaría pensaba que en cada persona está Cristo. Al internalizar esto nos forzamos a actuar bien, a contenernos, a ser amables, en especial, a ayudar a los enfermos de cuerpo, pero con mayor insistencia a los enfermos del alma.

San Josemaría y su lucha interior

Para san Josemaría, lo importante es que Dios nos encuentre siempre preparados en esa última lucha que puede llegar en cualquier momento y no escatimó esfuerzos en esta pelea.

«No penséis que llegará un momento que todo será fácil: pasarán los años —os lo digo por propia experiencia— y necesitaréis continuar luchando incluso con más fuerza porque el diablo se presenta de los modos más engañosos».

Al leer el Libro «Memoria del beato Josemaría Escrivá», actualmente santo, comprendí que el responsable de que podamos contar con todas esas herramientas es este santo de lo ordinario que ideó una red de apoyo para que tuviéramos toda la asistencia espiritual para luchar con nuestras imperfecciones. Herramientas que nos ayudan a conocer nuestros pecados.

Ustedes dirán, ¿cómo es posible no saber en qué he pecado? Bueno, era algo que me había pasado a mí. Había tenido ese encuentro profundo con Dios, pero había quedado como suspendida. Pero al disponerme a trabajar en mis defectos, al saber que la santidad se encuentra en lo menudo de la vida diaria comprendí que allí estaba mi camino al cielo.

Pero también entendí que no es un vivir en solitario el camino de la santidad. San Josemaría decía «que el vivir corriente y diario puede y debe ser vivido en comunión con Dios y en actitud y servicio a quienes le rodean».

Leer lo que él predicaba me ha hecho sentir acompañada en mis luchas cotidianas. Pero lo más importante es darme cuenta de que él era imperfecto, pero luchaba de forma persistente contra sus imperfecciones.

Pidámosle a san Josemaría. Así como Jesús lo ayudó a ver su misión, roguemos que él nos ayude a nosotros a ver la nuestra, y a perseverar cada día por alcanzar la santidad en la Tierra.

 

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